HISTORIA DEL ANTIGUO EGIPTO
La decadencia imperial bajo los saítas (1085-525 a.C.)
Hacia el año 1090 a.C., se produjo una escisión en el imperio:
El legítimo soberano, Esmerdes, estableció un gobierno en Tanis, mientras que el sumo sacerdote de Amón, Heribor, quedó en Tebas como gobernante del imperio.
Este acontecimiento marcó la decadencia del imperio, además de mostrar los gravísimos problemas existentes entre las dinastías dirigente y el cada vez más creciente poder de la clase sacerdotal.
Paralelamente a estos sucesos, las sagas de militares libios continuaban creciendo tanto como su influencia en la política, especialmente exterior, gracias a su reputada fama militar.
Uno de ellos, Chechong, inauguró la XII dinastía haciéndose con el poder tras una brillante campaña en Palestina que acabó con el saqueo de Jerusalén (950 a.C.).
Desde este momento, Egipto se dividió en pequeños principados independientes que no pudieron evitar que la cada vez mayor presión fronteriza del imperio asirio acabase por absorber, bien fuese como tributario o bien fuese totalmente, a muchos de ellos.
En el año 663 a.C. los príncipes de Sais, cuyo primer representante fue Nequés I (o Necao) (663-609 a.C.), volvieron a retomar el control del imperio, por lo que a los miembros de la XXVI dinastía se les conoce también como príncipes saítas.
Pese a ello, la desconfianza ante los nuevos gobernantes fue cada vez más acusada:
no en vano, su principal arma, el ejército, estaba formado por mercenarios procedentes de Grecia, con lo que la inmigración de estos aumentó considerablemente.
Un faraón saíta, Psamético I, acabó con la dominación asiria del sur y expulsó a todos los sacerdotes y militares libios de Egipto; sin embargo, como quiera que los extranjeros fueron sustituidos por otros, los problemas de convivencia internos continuaron, sobre todo en la frontera oeste, donde el cada vez más asentado reino independiente de Judá amenazaba con despegarse de la decadencia egipcia. No obstante, Nequés II (609-594 a.C.) logró recuperar gran parte del territorio sirio y palestino, pese a lo cual no pudo evitar la pérdida de casi la totalidad de Palestina al ser derrotado por Nabucodonosor II , soberano caldeo, en la batalla de Karkemish, convirtiendo a las gentes del Tigris en las dueñas de Siria y Palestina.
Por si fuese poco, el más hegemónico poder oriental de la época, el Imperio Persa, ya había participado en varias sublevaciones de palestinos y controlaba, de facto, todas las tierras al Este del río Jordán.
Los últimos faraones egipcios, Psamético II (594-568 a.C.) y Ahmés II (568-526 a.C.) intentaron en vano recuperar el prestigio perdido.
Finalmente, en el año 525, el soberano persa Cambises II derrocó y asesinó a Psamético III (568-525 a.C.), incorporando Egipto como una satrapía más de su imperio y acabando con el imperio egipcio clásico.
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