HISTORIA DEL ANTIGUO EGIPTO
Tras la muerte de Amenemhat III, el poder absoluto de los faraones tebanos se debilitó progresivamente, facilitando la entrada de los reyes hicsos, gobernantes que regían ciertas tribus de pastores del sur de Egipto. La invasión de los hicsos estuvo acompañada también de grandes contingentes de población asiria y semita, atraídos por la riqueza y el esplendor tebano. Los hicsos establecieron su capital en Avaris (posteriormente llamada Tanis) y gobernaban en nombre de los faraones, dos en este caso, pues la caída de la hegemonía de Tebas volvió a dividir el imperio en Alto y en Bajo. La población egipcia miraba con resquemor la intervención en el gobierno de los invasores, con lo que, bajo la XVII dinastía, comenzó la expulsión de los hicsos y demás extranjeros.
El imperio nuevo (1580-1085 a.C.)
Comprendido entre las dinastías XVIII y XX, se trata de un período muy conocido y sobre el que existe mucha información, pues la ciudad de Tebas volvió a recuperar el esplendor perdido como centro gobernante de un imperio teocrático y centralizado hasta límites inigualables. La expansión territorial egipcia fue enorme, aprovechándose de la debilidad del imperio asirio y de las luchas internas de Palestina. El gran triunfador de la dinastía XVIII fue Ahmés I (1580-1557 a.C.), quien logró acabar con el poder de los hicsos expulsándoles de Avaris y obligándoles a huir hacia el Sinaí. Posteriormente, Amenofis I (o Amenhotep) (1558-1530 a.C.) y Tutmosis I (o Tutmés) (1530-1515 a.C.) continuaron la expansión hacia el noroeste, llegando en varias campañas hasta los ríos Jordán y Éufrates, respectivamente. Con todo, la hija de Tutmosis I, la faraona Hatshepsut (1505-1483 a.C.), fue la figura más destacada en la consolidación del centralismo tebano, pues gobernó de facto el imperio nuevo tanto durante el reinado de su marido Tutmosis II (1515-1505 a.C.) como en el gobierno de su sobrino Tutmosis III (1483-1450 a.C.) durante la minoría de edad de éste. Durante estos años, las campañas hacia el sur llegaron hasta la actual Somalia, mientras que se consiguió firmar una tregua con los sumerios del Éufrates. La construcción de templos dedicados al dios Amón continuó siendo una de las máximas de los faraones tebanos, destaca en este sentido la edificación del mausoleo de Luxor en Karnak (Menfis), obra de Tutmosis III. También fue éste el encargado de proscribir la figura de Hatshepsut, pues la consideró enemiga del imperio a su muerte por varias de las decisiones que había tomado cuando él era menor de edad. Una época de cierta recesión en la expansión territorial se vivió bajo el gobierno de su hijo, Amenofis II (1450-1405 a.C.), aunque el arte funerario egipcio vivió, por contra, su período de máximo apogeo. De hecho, Amenofis II comenzó la construcción de la famosa necrópolis del Valle de los Reyes, con las tumbas denominadas hipogeos como máxima expresión artística. Durante el gobierno de su hijo, Amenofis III (1405-1370 a.C.), las tropas del faraón fueron derrotadas por el imperio hitita en Siria, el primer gran revés de la expansión egipcia por Oriente. Con ello se dio paso a un período de inestabilidad, agravado por el hecho de que los sumos sacerdotes del dios Amón acaparaban gran parte de los cargos públicos y políticos, lo que restaba poder al emperador en beneficio de la clase sacerdotal egipcia.
La revolución amarniense
Los historiadores han llamado, un tanto maliciosamente, revolución amarniense a los proyectos de reforma efectuados por el sucesor de Amenofis III, su hijo Akhenatón (Amenofis IV) (1370-1350 a.C.), en un intento de recuperar el poder para los faraones en detrimento de los todopoderosos sacerdotes de Amón.
Sus primeras medidas fueron totalmente novedosas: sustituyó el culto de Amón por el de Atón (el disco solar), como medio de acabar con los sacerdotes del primero, y trasladó la capital del imperio al interior, a la ciudad de Tell El-Amarna, lejos de los vicios de la corte tebana. El propio faraón se declaró único sumo sacerdote de Egipto y cambió su nombre por el de Akenaton (´Horizonte Solar´).
Estos acontecimientos, sin precedentes en el imperio, supusieron la vuelta del estado centralista a sus inicios, acercando más al pueblo a sus soberanos y logrando un gran apoyo popular. Sin embargo, su hermano y yerno Tutankaton (que tras el triunfo de su acción cambió su nombre por Tutankamon), famoso por su sepultura intacta hallada en el Valle de los Reyes, traicionó al faraón y regresó de nuevo a Tebas y al culto de Amón, ayudado por los desprestigiados sacerdotes.
En cualquier caso, la reforma amarniense no logró los objetivos deseados y la situación de inestabilidad continuó hasta el fin de los días de Tutankamon. Las luchas contra palestinos e hititas
Inmediatamente después del triunfo de Tutankamon, Palestina se sublevó contra Egipto y para evitar la sedición tuvo que ser necesaria la intervención del general Homenheb, casado con una hija de Akenatón y que llegó, como consecuencia de su prestigio, a ser faraón a la muerte de Tutankamon.
El hijo del general, Seti I (1318-1312 a.C.) fue uno de los más destacados faraones del imperio, pues logró contener la alianza entre hititas y palestinos en contra del poder tebano y, en un acto de absoluto dominio, logró que las provincias sirias le pagasen un elevado tributo. Durante el gobierno de Ramsés II (1312-1233 a.C.) y de su hijo Meneptah (1233-1223 a.C.) tuvo lugar la famosa diáspora bíblica de los judíos, que huyeron de Egipto tras ser expulsados en diferentes oleadas. A pesar de ello, los lazos económicos con Palestina eran importantísimos para el sustento del comercio exterior, por lo que se les permitió establecerse en dicho territorio donde ya se concentraba la mayor parte de la población semita del imperio. El propio Meneptah tuvo que luchar de nuevo contra los hititas y les venció en la batalla de Cadés, para pasar posteriormente a luchar contra los pueblos del mar (pobladores indoeuropeos procedentes del Mar Egeo, especialmente libios), que ya habían hecho varias incursiones a las ricas ciudades de la costa mediterránea egipcia. Tras su muerte y durante toda la época de la XX dinastía, las luchas internas y la inestabilidad política fueron una rémora para el imperio, que vio cómo muchos extranjeros, sobre todo jefes militares libios, usurpaban el poder y se convertían en sacerdotes religiosos, lo cual era casi como detentar el poder político.
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